La inteligencia artificial ya está aquí, y nos guste o no, no hay escapatoria. Como el bisonte que, en lugar de huir de la tormenta, avanza hacia ella para reducir el tiempo de sufrimiento, nosotros también deberíamos dejar de lloriquear y encarar lo que se viene con un poco de dignidad. Y si no con dignidad, al menos con buen humor y algo de picardía.
Porque, vamos a ver, hace unos años esto de la IA sonaba a cosa de película mala de los ochenta, con robots que hablaban como un GPS mal programado. Pero ahora ya no es un chiste. Los tipos de Silicon Valley han decidido que, en tres o cuatro años, las máquinas podrán hacer lo que hacemos nosotros, pero sin pedir días libres ni montar huelgas. Y si le preguntas a algunos iluminados, te dirán que eso podría pasar incluso antes.
¿Adónde corremos cuando la tormenta es más rápida que nosotros?
El primer instinto humano, cuando ve venir un marrón de este calibre, es hacer lo de siempre: negarlo. “Nah, eso es cosa del futuro, no me afecta”. Claro, como cuando decías que Internet era una moda pasajera y que nadie iba a comprar vuelos por una pantallita. Mira dónde estamos ahora.
Y cuando ya es imposible negar la realidad, el plan B es lamentarse. "Nos van a quitar el trabajo, nos van a sustituir". Como si la humanidad no llevara siglos superando cataclismos tecnológicos. Deja que te recuerde que hubo un tiempo en que la gente se preocupaba porque las lavadoras "quitarían empleo a las lavanderas". Y aquí estamos, con ropa limpia y el mismo número de desgraciados en el paro.
Humor y storytelling: nuestras mejores armas
Ahora bien, hay una cosa que la IA todavía no hace del todo bien: contar historias con alma. Sí, pueden redactar un informe sobre el clima o escribir un correo con cortesía robótica, pero todavía no pueden contarte una buena historia de bar. No saben lo que es una tertulia caótica en un café madrileño, ni entienden por qué una broma de chiste verde en un bar puede ser oro puro cuando se cuenta con el tono adecuado.
Y ahí, amigo, está nuestra ventaja. La IA puede procesar datos, pero no ha aprendido a reírse de ellos. No ha desarrollado ese instinto tan humano de encontrar el chiste en la desgracia, de hacer humor negro en los funerales o de reírse de un jefe imbécil sin que este se entere. Eso es nuestra esencia, nuestra trinchera.
La IA no puede ser un buen cuñado
Pongámonos en situación: una IA puede escribirte un discurso de bodas, sí, pero no puede ser ese cuñado insoportable que cuenta el chiste malo y acaba convirtiendo la cena en un espectáculo. La IA podrá darte datos precisos, pero nunca sabrá contar el chisme con ese toque de mala leche tan delicioso.
Así que, en lugar de correr como pollos sin cabeza, aprendamos a explotar esas habilidades que nos hacen humanos. Ser ingeniosos, creativos, contar historias que emocionen, hacer reír cuando todo se va al carajo. Porque, si algo nos ha enseñado la historia, es que el humor ha salvado a más gente que cualquier revolución.
La tormenta ya está aquí, ¿te subes a la ola o te ahogas?
La IA no va a pedir permiso. Nos va a cambiar la vida, como lo hizo la electricidad, Internet o el aire acondicionado en agosto. La diferencia está en cómo lo afrontamos. Podemos encerrarnos en casa con miedo o salir a la calle a ver qué oportunidades trae el vendaval.
Y si nada de esto funciona, al menos podremos hacer memes sobre cómo la IA nos ha dejado en la calle. Porque si algo hemos aprendido en estos siglos de civilización, es que un buen chiste a tiempo puede hacer que hasta la tormenta más negra parezca un mal día en la playa.
Así que ya sabes: si la IA va a arrasar con todo, que nos pille contando el mejor chiste de la historia.



