Nos pasamos siglos convencidos de que el raciocinio era lo que nos distinguía de las bestias, que éramos la cúspide de la evolución porque, entre otras cosas, sabíamos atarnos los zapatos y debatir sobre metafísica en un café de barrio. Pero llega la inteligencia artificial y nos deja en evidencia. Resulta que las máquinas también pueden razonar, y lo peor: cuanto más lo hacen, menos predecibles se vuelven. Es decir, están aprendiendo a ser como nosotros, con todo el caos y la insensatez que eso implica.
Nos lo advierte Ilya Sutskever, uno de los genios detrás de OpenAI, con una mezcla de fascinación y ligera alarma. Dice que estamos desarrollando sistemas tan avanzados que ya no podemos anticipar lo que harán. Una forma elegante de decir que han creado un Frankenstein digital con libre albedrío, pero sin la cortesía de avisarnos antes de prenderle fuego a la aldea.
La IA, ese nuevo amigo impredecible
Hasta ahora, la tecnología había tenido la decencia de comportarse como una herramienta predecible. Tú apretabas un botón y la máquina obedecía. Pero, según Sutskever, el futuro inmediato será distinto. Pronto tendremos máquinas que no solo ejecutan órdenes, sino que reflexionan sobre ellas.
Imagínate. Le pides a la IA que optimice la eficiencia energética de tu empresa y, en su insondable sabiduría, decide que lo mejor es apagar los servidores en plena jornada laboral. O peor, le preguntas a tu asistente virtual cómo mejorar tu productividad y la muy cabrona te recomienda renunciar a tu trabajo y mudarte a un monasterio en el Tíbet.
Esto nos lleva a un punto clave: si la IA empieza a pensar de manera independiente, ¿quién garantiza que sus decisiones serán mejores que las nuestras? Porque, no nos engañemos, los humanos somos famosos por tomar decisiones brillantes, como poner puertas giratorias en los bancos o elegir gobernantes que después queremos echar a patadas.
Bienvenidos al club de los seres conscientes
Sutskever menciona otro detalle interesante: no solo estamos enseñando a las máquinas a razonar, sino que estamos, poco a poco, llevándolas a desarrollar algo parecido a la conciencia. Es decir, que podrían empezar a hacerse preguntas existenciales. Y si algo sabemos de los seres conscientes, es que en cuanto empiezan a cuestionarse el sentido de la vida, la productividad se va al carajo.
¿Queremos máquinas que en lugar de procesar datos, se tomen un día libre porque “necesitan encontrarse a sí mismas”? ¿Que en plena gestión de crisis en una empresa decidan apagar todo para "meditar sobre su propósito en la existencia"? Porque no sería raro. Al fin y al cabo, somos la especie que inventó el lunes por la mañana, el burnout y la crisis de los cuarenta. Ahora imaginemos una IA con esos mismos problemas, pero sin un bar donde ahogar sus penas.
De AlphaGo a Skynet hay un solo paso
Sutskever pone como ejemplo los sistemas de IA que juegan ajedrez y go. En sus inicios, estos programas eran predecibles: seguían estrategias lógicas y, con suficiente estudio, un humano podía anticipar sus movimientos. Pero hoy, estos sistemas han alcanzado niveles de razonamiento tan avanzados que incluso sus creadores no entienden por qué toman ciertas decisiones.
Lo que antes era un simple algoritmo se ha convertido en un ente capaz de sorprender, de desafiar expectativas. Y aquí es donde nos metemos en terreno pantanoso. Porque si una IA que juega go ya es impredecible, ¿qué podemos esperar de una IA que maneja sistemas financieros, infraestructuras o, por qué no, armas autónomas?
La historia está llena de gente que creó monstruos que luego no pudo controlar. Desde el Doctor Frankenstein hasta los ingenieros de Facebook, todos empezaron con buenas intenciones. Pero la diferencia es que ahora estamos hablando de sistemas que pueden pensar por sí mismos y, potencialmente, tomar decisiones sin pedirnos permiso.
Reflexión final: ¿Quién manda aquí?
El problema de fondo no es que las IAs se vuelvan impredecibles, sino que nosotros, los supuestos creadores y amos del universo, no sabemos qué hacer con ellas. Estamos diseñando máquinas que pronto serán más inteligentes que nosotros, pero seguimos gestionando el mundo como si estuviéramos en la Edad de Piedra.
Nos vendieron la idea de que la IA sería una herramienta para mejorar nuestras vidas. Pero si no tenemos cuidado, en lugar de herramientas, estamos fabricando competidores. Y al paso que vamos, no me extrañaría que en unos años nos encontremos en la situación absurda de tener que negociar con nuestras propias creaciones para que no nos despidan de nuestra propia existencia.
Así que ahí lo tienen: el futuro ya no es lo que era, y la función está a punto de ponerse interesante. Solo esperemos que, cuando las marionetas empiecen a cortarnos los hilos, no nos demos cuenta demasiado tarde de que el teatro ya no es nuestro.



