Hay algo casi poético en ver cómo Facebook, ese templo digital donde la gente va a exhibirse y a mentirse a sí misma, se convierte en el centro de su propio escándalo. Lo que Careless People: A Cautionary Tale of Power, Greed, and Lost Idealism de Sarah Wynn-Williams nos cuenta no es nuevo. Simplemente, ahora está impreso en papel y huele a pólvora mojada.
Facebook—perdón, Meta—siempre vendió la ilusión de que su plataforma era una herramienta para la democracia, la unión de los pueblos y otras pamplinas. Lo que en realidad construyó fue una máquina de manipulación a gran escala donde la ética se negocia como en una subasta de ganado. Y esto no lo dice un teórico de la conspiración con un gorrito de aluminio, sino una de sus propias exdirectivas.
Cuando el fariseísmo digital se vuelve norma
Sarah Wynn-Williams, en su exilio forzado del imperio de Zuckerberg, nos trae una historia que, con un par de retoques, podría perfectamente servir de guion para una serie política de HBO. Resulta que Facebook, ese bastión de la libertad de expresión y la conexión global, tuvo su cuota de acoso sexual, de tratos despóticos y de decisiones empresariales que harían palidecer a cualquier trilero de Las Ramblas.
La autora no se guarda nada. Asegura que en las oficinas de la compañía, la meritocracia era solo un chiste privado. Todo dependía de a quién le cayeras bien en la pirámide corporativa, como en cualquier gobierno mediocre que se precie. Y si hablamos de acoso sexual, la situación era como una fusión entre El lobo de Wall Street y los pasillos del Capitolio en plena campaña electoral. Gente intocable, protegida por su rango, abusando de su poder. Vamos, como cualquier Congreso en Washington o cualquier hemiciclo en Madrid.
Zuckerberg, el nuevo emperador sin ropa
El retrato de Mark Zuckerberg en el libro no es precisamente el de un visionario benévolo. Más bien parece el de un tipo que juega a ser emperador en un imperio digital donde él dicta las reglas y decide qué es moral y qué no. Y aquí es donde uno empieza a ver las similitudes con ciertos presidentes y magnates de la política.
Zuckerberg prometió un mundo mejor, y lo que entregó fue una plataforma donde el odio se viraliza más rápido que la gripe en un vagón de metro. Su postura frente a la ética empresarial es digna de un político de carrera: decir lo que la gente quiere oír, mientras por debajo se firman acuerdos secretos con regímenes autoritarios.
Sí, porque otra de las joyas que se revelan en el libro es que Facebook, mientras nos vendía la moto de la "democracia digital", exploraba maneras de volver al mercado chino, incluso a costa de diseñar herramientas de censura. Qué bonito. Qué democrático. Es como si los senadores de Washington que tanto se llenan la boca con la libertad de prensa estuvieran al mismo tiempo negociando con los saudíes para controlar el flujo de información en redes sociales. Ah, espera…
Los tentáculos de la impunidad
Meta no se iba a quedar de brazos cruzados viendo cómo una exdirectiva sacaba los trapos sucios. En un despliegue de poder digno de los grandes lobbies de Washington o de la vieja política española, lograron silenciar a Wynn-Williams con un arbitraje que le prohíbe promocionar su libro. ¿Y qué dice la compañía? Que todo es mentira, que ella solo quiere llamar la atención y que, de paso, fue despedida por “bajo rendimiento”. Ah, claro. Ahora resulta que el problema no es la corrupción, sino quien la denuncia.
Esta forma de operar no es nueva. Lo mismo hicieron en España con periodistas que se atrevieron a exponer las miserias de ciertos partidos políticos. Lo mismo pasa en Estados Unidos cuando alguien revela un escándalo que incomoda a los grandes donantes. El manual es siempre el mismo: desacredita al denunciante, controla la narrativa y, si todo falla, llama a los abogados.
Reflexión final: el gran espejismo tecnológico
Al final, Careless People no nos descubre América. Solo nos recuerda que el juego de la hipocresía no tiene límites. Facebook nos vendió la utopía de la conexión global y lo que nos entregó fue una fábrica de polarización y desinformación.
Los políticos se rasgan las vestiduras cuando se habla de la manipulación de las redes, pero ninguno está realmente interesado en regularlas. Y mientras tanto, Meta sigue moviendo los hilos, protegiendo su imagen y asegurándose de que, pase lo que pase, el negocio siga creciendo.
Bienvenidos al mundo real. O mejor dicho, al mundo digital donde la impunidad es un algoritmo y la verdad se negocia en los pasillos de Silicon Valley.



